Te proponemos un viaje al pasado, concretamente a la Edad de Bronce. Una época en la que hasta mediados del siglo XX se pensaba que en la Baja Meseta española apenas había habido pequeños reductos de civilización. Nada más lejos de la realidad. Los asentamientos de población entre el 2.000 y el 1.200 aC en la actual comarca de La Mancha se consideran hoy en día uno de los cimientos de la cultura íbera gracias a sus manifestaciones y rasgos independientes. Tanta es su singularidad que los historiadores coinciden en dotar de entidad cultural propia a este periodo: el Bronce Manchego.

Los asentamientos del ‘Bronce Manchego’ se desarrollaron entre unas claras fronteras: al norte del río Segura se hallaron los primeros poblados, al límite sur de estos asentamientos se encuentran las provincias de Alicante, Albacete y Murcia. La frontera entre las culturas del Bronce valenciano y el Manchego estaría en El Valle del Vinalopó por el Este. Finalmente, la frontera Norte llegaría hasta la Serranía de Cuenca y el Valle del Tajo.

¿Qué lo hace único?

El rasgo que mejor define al Bronce Manchego como subcategoría de la Edad de Bronce es la tipología de asentamiento en esas zonas de La Mancha, las llamadas Morras y Motillas, no halladas en otras zonas. Ambas eran fortificaciones concéntricas, de 4 a 11 metros de altura. Las primeras ocupaban zonas pantanosas, vegas de los ríos o pozos subterráneos y las segundas estaban situadas sobre promontorios. Su función era proteger y controlar recursos naturales como el agua circundante y cereales, trigo y cebada que se almacenaban en su interior.

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La Motilla de Azuer. Daimiel. (Fuente: La Tribuna de Ciudad Real)

Las Morras y Motillas habían pasado inadvertidas en paso de los siglos tapadas por tierra. En un primer momento, a principios del siglo pasado los investigadores las identificaron como recintos funerarios. Tras las excavaciones que perviven en la actualidad se descubrió qué había realmente debajo y cuál era su significado.

Extramuros se situaban las cabañas donde vivían las personas. Rara vez se han encontrado vestigios de vida en el interior de la Motilla, solo en algunos casos, hallazgos relacionados a presencia de la alta sociedad.

¿Dónde se encuentran?

Entre motilla y motilla había una equidistancia de 4 a 5 kilómetros, según las zonas, pero siempre buscando mantener el contacto visual.

Las mayores concentraciones de asentamientos estudiados están en el término municipal de Daimiel (Motillas del Azuer, las Cañas, Zuacorta, Casa del Cura, de la Vega Media, de la Albuera, Daimiel y de la Máquina) y en las lagunas de Ruidera (hasta 23 de distinta tipología y a una distancia visual, en algunos casos, de sólo 1 kilómetro). Son muy numerosos los que quedan por investigar y, se supone, por descubrir en la cuenca media y alta del Guadiana y sus afluentes (Munera, El Bonillo, Lezuza, Villarrobledo, Argamasilla de Alba, Tomelloso). Sólo en la provincia de Albacete se conoce el emplazamiento seguro de unos 300 asentamientos.

El bronce, escaso

Otro rasgo que dota de especificidad a la edad de Bronce en La Mancha es precisamente la ausencia de la utilización de este material en utillajes y ornamentos que sí se fabricaban de cobre.

Poblaciones agrícolas, eminentemente cerealistas, repartidas entre pequeños comunidades, ejercían una economía incipiente de intercambio. Habían podido abandonar levemente la subsistencia, gracias a un férreo control de los recursos hídricos imprescindibles para poder sobrevivir a la aridez del clima.

La jerarquía social se abría paso, al igual que la metalurgia. Existe además una evolución del pensamiento religioso reflejado en nuevos ritos de enterramiento individual próximo a las cabañas.

Visitando estos yacimientos nos podemos imaginar cómo sería el modo de vida de aquella gente que con sus costumbres cambió el curso de la cultura ibérica. Así que, tanto para los que viven en Castilla La Mancha, como para los que viene de fuera a visitarnos, debería ser ineludible una ruta por las Motillas del ‘Bronce Manchego’.

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